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Resistencia
13 junio, 2024

Una oración por las víctimas de la pederastia

Cada año, la Conferencia Episcopal Española aprueba unas intenciones mensuales de oración. En junio toca orar para que los creyentes sepan transmitir la fe a sus hijos y conviertan a sus hogares en «auténticas iglesias domésticas». A medida que avanzan las investigaciones, vamos conociendo más detalles sobre cómo las distintas órdenes religiosas operaron ante los casos de pederastia. El silencio y la ocultación fueron la norma. El pecado bajo la alfombra. O en Bolivia. Ahí tenemos el caso de Lluís Tó, el jesuita condenado en 1992 a dos años de prisión y seis de inhabilitación por abusar sexualmente de una alumna de ocho años. No entró en la cárcel y, a los dos meses de la sentencia, fue enviado al país andino. El Periódico publicó algunos fragmentos de cartas que se intercambiaron jesuitas de Catalunya y de Bolivia sobre Tó. «Te agradezco la comprensión y ayuda, sobre todo por Lluís, que va allí muy ilusionado con empezar una nueva etapa, con grande ánimo y liberalidad. Espero que pueda echarle una mano y que poco a poco vayamos olvidando los siete meses de tensión y de desconcierto que ha vivido». ¿Cómo enfrentarse a este mensaje? Lluís, el hombre condenado por abusar de una alumna, es el que está «muy ilusionado». Claro, la posibilidad de ir a la cárcel por pederastia debía resultarle de lo más descorazonadora. Emprende el viaje con «liberalidad», es decir, generosidad. Y ha vivido «siete meses de tensión y desconcierto». ¡Él! ¡El agresor condenado! El autor de la misiva es Oriol Tuñí, doctor en Teología, entonces, provincial de la provincia Tarraconense. En otra carta, hay un detalle revelador. Un jesuita catalán escribe al provincial de Bolivia, Tó había pasado unos días en Barcelona y había mostrado fotografías de su actividad en El Alto. Una niña aparecía en varias de ellas. En la misiva, el jesuita confesaba que él no se había percatado de nada anómalo, pero sí varias profesoras: «Todas temían por la niña, pero no sabían qué hacer». Ver o no ver a la víctima. Querer o no querer verla. Reconocerla. Apreciarla. Reparar el daño. El delegado actual de la Compañía en Catalunya admite la dificultad de romper con la cultura de silencio. El 20 de noviembre pasado, la Conferencia Episcopal Española se sumó a una iniciativa de Francisco y, en todas las celebraciones eucarísticas de ese día, se introdujo una oración por las víctimas de los abusos. En ella se mencionaban los cometidos por «pastores y fieles en el seno de la Iglesia». La reparación de las víctimas tiene muchas dimensiones. La económica y social, por supuesto. Pero también la simbólica. Especialmente para una institución creada y sustentada en los mitos. Los abusos fueron cometidos y silenciados durante décadas. Un día de oración se queda corto, ridículamente corto.

*Escritora

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