La extremista de izquierda sueca Greta Thunberg ha decidido, una vez más, alejarse de su causa ambiental para embarcarse en otra cruzada: esta vez, contra Israel.
En una conferencia de prensa en Barcelona, antes de abordar una flotilla con “ayuda humanitaria” rumbo a Gaza, Thunberg declaró que el verdadero objetivo de la travesía no es el envío de suministros, sino “visibilizar la causa palestina” y denunciar lo que califica como un “bloqueo ilegal e inhumano”.
No es la primera vez que Greta se suma a estas iniciativas.
En junio pasado ya había sido detenida y deportada por Israel tras participar en otro intento de romper el bloqueo marítimo a Gaza, una ruta utilizada históricamente por activistas que buscan más la foto mediática que una solución real para los civiles de la Franja.
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La llamada “Global Sumud Flotilla”, que ahora zarpó de Barcelona, incluye decenas de barcos con activistas de 44 países. Sus organizadores hablan de perseverancia; en realidad, lo que persiste es la manipulación política de la crisis en Gaza.
Porque mientras los titulares se concentran en la figura de Greta, lo que queda en un segundo plano es el papel de Hamas: el grupo terrorista que gobierna Gaza y que, desde hace meses, roba sistemáticamente la ayuda internacional destinada a la población.
Israel ha rechazado el último informe de la ONU que habla de hambruna en Gaza, calificándolo de “moderno libelo de sangre”. Y no sin razón: el Estado judío ha permitido la entrada de miles de camiones de ayuda desde mayo, a pesar de que en repetidas ocasiones se ha documentado cómo Hamas desvía esa asistencia para uso militar.
La realidad es incómoda para Greta y sus seguidores: no hay un “bloqueo” por capricho, sino un esfuerzo de defensa frente a un grupo armado que ha convertido hospitales en búnkeres, escuelas en depósitos de cohetes y barrios enteros en trincheras. Israel, como cualquier nación soberana, tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos.
Pero para Thunberg, resulta más fácil repetir consignas que analizar la complejidad de la región. Su narrativa ignora a las víctimas israelíes de Hamas y reduce el conflicto a un eslogan. Lo paradójico es que alguien que construyó su fama alertando sobre la manipulación política del medioambiente, hoy se deje instrumentalizar tan abiertamente en campañas de propaganda contra un Estado democrático que lucha por su supervivencia.
Israel, mientras tanto, continúa preparando operaciones militares para desmantelar las últimas estructuras de Hamas en el norte de Gaza.
La flotilla de Greta podrá navegar con sus banderas y discursos, pero no llevará soluciones reales a los habitantes de Gaza. Al contrario, corre el riesgo de fortalecer la narrativa de Hamas y perpetuar la tragedia que dice querer aliviar.