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Resistencia
5 abril, 2025

El laberinto de Milei: desde Trump al FMI

La llamada restricción externa es un fenómeno conocido en la Argentina, recurrente, estructural y crítico si se prolonga demasiado. Va asociado a la escasez de divisas o, si se prefiere, a una economía que no genera los dólares que demanda su funcionamiento y que encima es muy dependiente de una variable al fin externa.

Con esos precedentes, cualquiera podría suponer que una manera productiva de enfrentar el problema consiste en aumentar y diversificar las exportaciones hasta donde sea posible, esto es, exprimir la fuente de divisas más directa que tienen el país y los agentes económicos. Todo cierto, aunque todavía frágil e inconsistente tal cual informan estadísticas del INDEC.

Según una serie hecha con datos del organismo oficial, van nueve años con las exportaciones poco menos que estancadas y sin quebrar el récord del 2022. Más aún, las del cercano 2024 pierden nada menos que por US$ 8.700 millones contra las del 2022 y andan al mismo nivel que las de 2021: déficit comercial puro.

Otro dato de un tipo parecido cuenta que apenas el 23% de las ventas al exterior son productos industrializados contra el 60% que representa el combo de bienes primarios y manufacturas agropecuarias. La diferencia entre ambos guarismos habla de valor agregado nacional escaso, de precios, de volumen y calidad del empleo y también de fuerte dependencia del complejo sojero.

Enfrente tenemos importaciones que en un año digamos normal, como el 2023, rondan los US$ 74.000 millones. Un tiro para el lado de la justicia, ahí casi el 43% son máquinas y equipamientos, esto es, inversión de la que hace falta y un 14% bienes de consumo. Y otro tiro medio cruzado: desde 2016, hubo seis años con déficit comercial contra cuatro de superávit.

En el medio, el reflotado recurso de manejar las importaciones como instrumento de política antiinflacionaria levanta cada vez más protestas de las pequeñas y medianas empresas industriales que acusan competencia desigual y pérdida de participación en el mercado interno. Apuntan a textiles, cuero, calzado y hasta metalmecánica.

Queda clara, también en esa movida, la gran apuesta política del gobierno libertario a mantener los precios bajo control. Y en el mismo acto, aventar la sensación de retraso cambiario que siembra un dólar oficial que, así sea por poco, corre detrás del índice de mensual del INDEC.

Parte del juego, el ministro de Economía, Luis Caputo, bicicletea aumentos en la electricidad, el gas, el transporte y el agua y cajonea el esquema de indexación mensual que tiene en carpeta. Pero nada de entusiasmarse gratis: las últimas planillas fiscales cantan guadañazos del 79% real a los subsidios energéticos y del 44% a los del transporte, es decir, incrementos de los grandes por otros medios.

Demasiado latente, en una consultora especializada la amenaza de los precios marca un 3,7% durante las últimas cuatro semanas y 2,7% promedio en marzo. Otra tiene 2,6% también para marzo y una tercera, 3,8% en el costo de los servicios impulsado por las tarifas. Todo o casi todo publicado y por lo tanto a la vista.

De vuelta al panorama exterior, sobresale obviamente el zafarrancho tipo guerra comercial planetaria que Donald Trump armó con su arbitraria suba de aranceles a las importaciones de su país. Blanco implícito del operativo, aunque no declarado expresamente, China respondió con un saque del 34% a los bienes que llegan desde EE.UU. Mientras, con Alemania, Gran Bretaña y Francia muy activos, la Unión Europea prepara una contraofensiva para estos días.

El siempre astuto, Vladimir Putin mide los movimientos desde Moscú y maquina cómo sacarles provecho. Seguramente algo habrá armado, de modo de evitar o amortiguar el costo de las esquirlas que puedan alcanzarlo o contragolpear, por ejemplo, con un bien que Europa no produce y le compra a Rusia en cantidad: se llama gas y viaja directo por gasoducto.

Por la parte que nos llega del amigo Trump, tenemos ya acciones de empresas argentina que se desploman en Wall Street, bajas en la bolsa porteña y un riesgo país que empieza a volar arriba de los 900 puntos básicos, equivalentes a una tasa de interés del orden del 13% para el crédito externo. También, asoman caídas en el precio de commodities, como soja y petróleo, y coletazos de las economías que entran en recesión o empiezan a cerrarse.

Finalmente, el viejo y nunca bien apreciado Fondo Monetario. Sin vueltas, la necesidad de un acuerdo rápido con un anticipo de US$ 8.000 millones que refuerce las defensas de la Argentina y, sobre todo, que saque a las reservas netas del Banco Central de un rojo que pinta para llegar a US$ 8.000 hacia fin de año. La carta fuerte de Milei, “el ajuste más grande en la historia de la humanidad y sin toca el gasto social”.

Kristalina Georgieva, la jefa del FMI, ha encomiado los esfuerzos del gobierno argentino y de los argentinos de un modo que parece adelantar un aprobado final. Pero hay un punto clave del acuerdo llamado política cambiaria, alrededor del que hace tiempo baila aquí todo el mundo.

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